Your blog post
Blog post description.
2/10/20267 min read


Estoy parado tomando una cerveza con algunas otras personas mientras rodeamos el sofá y miramos como una chica semi desnuda, sentada en uno de los chicos en el sofá, sube y baja en su verga mientras baila exóticamente y jadea placenteramente.
dirty-muse-writer-v01-uncensored-erotica-nsfw
La chela me estaba bajando bien, pero ni eso podía quitarme la calentura que me subía a la cabeza. La música de esa banda ranchera se pegaba en los huesos como un cochinito al cuero. Estábamos ahí, un montón de güeyes y poblanas, rodeados del sofá como si fuera el altar de algún dios rumbero. Y qué cosa más divina era ese altar, güey: una chava con una minifalda de cuero que apenas le alcanzaba los muslos, toda pintada de colores, bailando encima de un vato bien fornido que la tenía ahí arriba como si fuera un caballito.
Esa pinche chica se movía como una cobra caliente, sube y baja en el güero sin parar, mientras jadeaba con esos sonidos guturales que te hacen sentir como un lobo hambriento. El chico, no era precisamente un bombón, pero tenía su verga bien dura y la estaba usando hasta de abanico, jeje. Yo me quedé clavado en ella, mirándola con mis ojitos azules, casi me salía el babo por la boca.
Los pelos se me erizaban al ver cómo esa chava se movía, tan suelta y tan segura de sí misma. La verdad es que ese tipo tenía mucha suerte, estaba en la cima de su mundo.
Y güey, cuando esa chava llegó a su punto, ¡qué cosa más hermosa! Su cuerpo se sacudía como una tromba de agua que se rompe en un charco seco. El vato con ella le abrazaba la cintura y se mecía con el ritmo de su éxtasis. No podía quitarme los ojos de encima, la veía contraerse, relajarse y volver a contraerse con una fuerza que te ponía tenso hasta la pancita.
Su respiración era un gemido ahogado, y cada vez que llegaba a su clímax, gritaba algo así como "Ay, ay, güey", con esa voz dulce y ronca que me calentaba el alma. Me imaginé cómo sería sentir esa onda de placer recorriendo mi cuerpo, y la chela que tenía en la mano empezó a perder frescura.
Ya me estaba hartando de ver solo a esa chava. Mi polla se había puesto como un trompo de juguete, y no me cabía ni en los pantalones. Así que sin decir nada al güey que estaba ahí haciéndose el rey del mundo encima de la chica, me metí entre la gente, empujé un par de cuates para abrirme paso y me zambullí hacia las habitaciones.
"A ver si allá hay algo más jugoso", pensé mientras me adentraba en ese laberinto de cortinas rojas, luces tenues y olores a perfume barato. Tenía una sola cosa en la mente: encontrar una pinche chava para que me dejara mojarme la verga un rato.
Me metí a la primera pieza que vi, estaba medio oscura, con solo una luz tenue que se filtraba por una rendija en las cortinas rojas. Y ahí estaba ella, tirada boca arriba sobre el edredón como si fuera una ofrenda para los dioses del placer.
Era bien chaparra, pero flaquita, tipo fitness, esos cuerpos de gimnasio que te dejan con la boca abierta. Tenía unos senos redondos como dos cocos de buen tamaño, copa B al menos, y bien separados por esa cintura fina que le daba una figura de esas diosas aztecas que tanto me gustan. La piel canela se veía suave y tersa bajo la luz tenue.
Se veía bien tomada, con un par de copas de vino en el sistema. Llevaba puesta una blusa abierta tipo camisón, blanca como la leche, que dejaba ver un sostén negro de encaje fino que le abrazaba las tetas casi hasta la barbilla. Por encima del sostén se asomaba la puntita de su ombligo, y abajo llevaba una minifalda negra de cuero que apenas le llegaba a las caderas. Sus piernas largas se extendían hacia afuera como dos ramas de un árbol frondoso, terminando en unas botas altas de piel negras que le llegaban hasta las rodillas.
La pinche chica estaba durmiendo de lado, con la boca ligeramente abierta y una expresión de paz absoluta en su rostro. Parecía tan linda y despreocupada, que me dio ganas de tumbarla ahí mismo sobre el edredón y empezar a usarla como un juguete.
La subí a la cama con cuidado, con la idea de aprovechar ese pedazo de cielo azul que se extendía frente a mí. Me incliné sobre ella, sintiendo el aroma a perfume dulce y alcohol que me llenó la nariz. Con mis dedos, abrí su blusa un poco más, dejando al descubierto parte de sus tetas.
Eran bien redondas, no tan grandes como parecía en la luz tenue, pero con una suavidad que me hizo agua la boca. Me metí las manos dentro de la tela del sostén para poder palparlas mejor. Se iban endureciendo un poco a cada chupón que le daba, y su piel era tan suave que me dio ganas de comerme todo el pecho.
Le di unas cuantas chupadas suaves al principio, con los labios rozando su piel, hasta que sentí cómo sus pechos reaccionaban a mi atención. Empecé a chupar un poco más fuerte, jugando con el ritmo y la intensidad, dejándole una huella de saliva en cada tetona. La lengua me salía por las comisuras de los labios sin control para recorrer esos contornos suaves y cálidos.
A cada chupón, cada lamido, me subía más la tensión, esa sensación de hormiga que te recorre el cuerpo entero hasta llegar al corazón. Ya estaba con el pelo enmarañado, sudando un poco bajo las luces tenues, y mi polla se sentía como un tambor a punto de reventar en cualquier momento.
Bajé mi pantalón, dejando al descubierto mi polla dura como una piedra. La sentí temblar entre mis dedos, caliente y llena de vida. Con un par de movimientos rápidos, abrí sus piernas, empujando suavemente las rodillas hacia los lados hasta que pude ver la abertura rosada y húmeda entre sus muslos.
Me incliné hacia ella, con mi miembro listo para entrar, y en una sola embestida lo encajé dentro de ella. Su cuerpo se tensó por un momento, como si estuviera a punto de saltar de la cama, pero después de una suave resistencia, sentí el suave roce y la humedad que me recibieron como en un baño cálido. Empujé con fuerza, buscando ese punto exacto donde su cuerpo se adaptara completamente a mi entrada. Y entonces, un pequeño gemido escapó de sus labios, mezclado con un ligero sonido áspero que hizo vibrar mi polla. La chica era virgen, y la sensación de romper esa barrera fue como una chispa eléctrica que me recorrió todo el cuerpo.
El mundo se redujo a ese punto único donde mi carne encontraba la suya. El ritmo de nuestros cuerpos el único sonido que importaba. Me perdí en ese movimiento frenético, entrando y saliendo de ella con fuerza, sintiendo cómo cada pulsación me llenaba de placer extremo.
Sus piernas estaban atrapadas entre mis muslos, sujetas por la fuerza incesante de mi pasión. Sus rodillas se movían con el ritmo de mi entrada, rozándose levemente contra las mías como un coro de pequeños golpes en sincronía con el trueno de mi propio cuerpo.
Ella seguía dormida, ajena a esa danza salvaje que se desarrollaba encima de ella. No importaba. Ni la luz tenue, ni los olores del cuarto, ni la música que se filtraba de afuera, nada existía más allá de ese instante volcánico en el que nos encontrábamos unidos.
La presión dentro de mí empezó a crecer con una intensidad brutal, como si miles de pequeños fuegos artificiales estuvieran reventando en mi muslos. Cada entrada en ella era un pequeño terremoto que me sacudía hasta los huesos. Sentí la vena que recorre toda la longitud del pene llenarse hasta reventar, su pulso se volvió visible a través de la piel como una pequeña serpiente verde esmeralda. Mis músculos tensaron tanto que sentía que mis dientes iban a apretarse con el mismo dolor que tenía en mi polla. Las lágrimas brotaron de mis ojos y me sudaba el pecho como si hubiera estado corriendo un maratón.
Mis manos, que estaban clavadas en su espalda, se apretujaban con tanta fuerza que sentía cómo sus costillas se hundían ligeramente bajo la presión. El ritmo acelerado de mi respiración empezó a sonar como un tambor en mi propio oído. Las piernas se me empezaron a temblar, y el resto de mi cuerpo vibraba en una sincronía feroz con el latido de mi corazón.
Me quedé paralizado por un segundo, atrapado entre la sensación de que iba a estallar y la necesidad desesperada de seguir dentro de ella. Y luego, sin control, el universo se desbordó: una explosión de placer me recorrió entero, inundando cada rincón de mi ser. Mi cuerpo se contorsionó en un último grito salvaje mientras una ola caliente y espesa salía disparada hacia adentro de la chica dormida.
Me quedé inmóvil por unos segundos, jadeando como si hubiera escalado un volcán. La intensidad de la eyaculación se fue disipando poco a poco, dejando una sensación de plenitud y agotamiento que me abrazaba desde las entrañas hasta la punta de los dedos. Me recuperé lentamente, moviendo mis caderas con cuidado para sentir el peso de su cuerpo sobre las mías.
Con un suspiro profundo, me levanté despacio, sintiendo como mi polla aún palpitaba dentro de mí, un poco rígida pero ya sin ese grado de urgencia que la tenía antes. No había usado condón, y al salir vi unas cuantas gotas de semen cayendo de su vagina. No importa. En este tipo de fiesta, uno se deja llevar por el momento, las preocupaciones son para otro día.
Me quedé un ratito más ahí encima de ella, respirando hondo y disfrutando del silencio que nos rodeaba a pesar de la fiesta ruidosa afuera. Le di unas caricias suaves en el cabello, como si fuera una princesa dormida que había conquistado a su bestia salvaje.
Sacé mi celular de un bolsillo trasero y con un poco de esfuerzo por mantenerme estable mientras se movía un poco al ritmo de la música, tomé unas cuantas fotos. Quería inmortalizar esa imagen: la chica dormida, con el pelo desgarbado sobre las almohadas y una sonrisa ligera en los labios, rodeada de la ropa que se había quitado durante la fiesta, y yo, ahí arriba, un poco arrugado por el esfuerzo pero orgulloso como si fuera el rey del mundo.
Cuando terminé, me acomodé mis pantalones y mi camisa, con algo de dificultad al tener las piernas entumecidas después del festín sexual. Le di otro beso en la frente a la chica, que seguía dormida plácidamente, y me retiré sigilosamente de la habitación.
Cursos
Clases de inglés para todos los niveles disponibles.
Consultoría
seraphindreams@hotmail.com
© 2025. All rights reserved.