La niñera
Una experiencia de tantas que se dan entre jovenes
3/8/20267 min read


La luz parpadeante del televisor bailaba sobre los hombros desnudos de Sarah, proyectando una sombra fantasmal sobre la piel tensa que estiraba sus pechos. Su corazón le latía contra las costillas como un pájaro frenético en su jaula. Era tonto. Tan estúpido. Pero sus ojos estaban clavados en ellos, ese pequeño chico de trece años, regordete y curioso, tendido en el sofá a su lado, todo miembros torpes y miradas inquisitivas.
"¿Quieres tocarme?", preguntó Sarah, inclinando la cabeza, con una casualidad que viene con la experiencia. Una risa nerviosa se le atascó en la garganta, espesa y dulce como miel. Trazó el borde de su sujetador con una yema, la tela suave contra su piel, pero haciendo poco para sofocar el calor hirviendo que se acumulaba entre las piernas.
Él tragó, su manzana de adán moviéndose como una boya en un mar áspero. "¿Esta bien?" Su voz apenas era un susurro, áspera como lija. Sarah respiró profundamente, el aire le quedaba atascado en el pecho, y desabrochó la blusa, abriéndola, presentando sus pechos al niño inocente. Con un calor que se extendía del corazón jalo su sostén hacia abajo.
Sus ojos se posaron en ella por un instante, anchos y hambrientos, las pupilas dilatadas motivado por el instinto.
"Esas", jadeó, empujándola hacia adelante la suave carne de un seno. "Son mis chichis. Chupamelas"
No se movió durante un momento, solo la miró, su cuerpo tensado con algo que hizo que los propios órganos internos de Sarah se contrajeran y retorcieran. Luego, lento como la melaza, extendió una mano, hesitante al principio, luego más audaz, los dedos rozando la suave piel expuesta del pezón. Le envió un choque, eléctrico y crudo, dejándola sin aliento.
Él no dudó. Bajó la cabeza y aspiró, tomando el seno en su boca primero de forma lenta y profunda, luego más rápido, con una creciente urgencia creciente. Ella sentía que se lo tragaba, escuchaba el ligero raspar de su respiración contra su piel, y le envió otra ola de calor que la inundó, dejándola ahogada en el deseo.
Sus manos se movieron entonces, los dedos entrelazándose en los gruesos rizos de su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para poder acercarse más, más profundo. Era pequeño, pero fuerte, succionando con una ferocidad que la sorprendió, su lengua rozaba su seno, enviándole escalofríos por la columna vertebral. Su cuerpo se arqueaba contra él instintivamente, anhelando más, necesitando más.
Sentía que era incorrecto. Prohibido. Pero también se sentía… increíble.
El chico no solo estaba succionando; estaba explorando, provocando, saboreando cada centímetro de carne bajo sus labios. Era una sinfonía de sensaciones: la presión, el tirón, el calor húmedo de él contra su piel. La forma en que su cuerpo presionaba contra ella, sólido y cálido, se sentía posesivo, exigente, de una manera que le hizo ruborizarse más que nunca.
Se quedó así, con sus cuerpos entrelazados bajo la luz parpadeante del televisor, mientras las emociones arrolladoras la consumían: el miedo a ser atrapada en un juego que ella misma había comenzado, el deseo creciente, la necesidad de él y la inmensa satisfacción de saber que él también la quería.
Su nombre se escapó de sus labios entonces – "Tom", suave y demandante. Necesitaba ser más que solo la diosa del placer en esta danza. Sus piernas temblaban con la necesidad de tomar el control, de saborearlo como él la estaba saboreando a ella.
Alzándose, ella se arrodillo entre sus piernas, haciendo contacto con su pecho desnudo y caliente, sus ojos clavados en los suyos mientras ella empujaba hacia abajo la mosca de su pantalón con una mano torpe pero decidida. Ella tomo el pene rígido del niño que había estado presionaba contra su muslo y al instante quedo hacia arriba… duro y en espera.
Él la miró con los ojos abiertos y anchos, reflejando el brillo del televisor como si fueran dos pequeños pozos oscuros en una cara aún infantil, y sus dedos se aferraron a las caderas de Sarah, jalándola hacia abajo para que pudiera sentirlo más cerca. Él gruñó un poco al sentir su boca alrededor de él, sus uñas arañando suavemente la piel de su espalda mientras ella se inclinaba hacia abajo, llevando su lengua sobre la punta húmeda y erguida de su pene.
Tomó con fuerza en su boca, saboreándolo como si fuera el único alimento que necesitaba.
Él jadeó, un sonido agudo y tembloroso, mientras sus manos se aferraban a los mechones de cabello sueltos de Sarah, tirando de ella más cerca, dejándola sentir el pulso acelerado de él bajo su boca húmeda, el calor y la humedad de él contra su lengua.
Él estaba caliente, tan caliente que se sentía como si estuviera hirviendo por dentro. Su cuerpo se tensó y tembloroso, atrapada en un abrazo de sus músculos involuntarios mientras ella lo devoraba con avidez. Y Sarah supo entonces, con una certeza que la hacía sentir temblar hasta los huesos, que este era un niño que sabía lo que quería, y que no iba a detenerse hasta tenerlo todo.
Sara se recuesta bocarriba sobre el sofá, abriendo sus piernas y alzando sus rodillas.
El ritmo del televisor, las imágenes parpadeantes de un drama adolescente olvidado sobre la vida escolar, parecía fundirse con el latido frenético de Sarah. La humedad que emanaba de él era casi palpable, una espesa niebla cálida que envolvía su cuerpo como si lo estuviera sofocando. Tom jadeó, tragándose un suave gemido entre dientes. Por instinto sus manos se aferraron a las piernas de Sarah, empujando sus rodillas mientras él se trepo a su niñera sudorienta y sin saber que hacia su cuerpo se doblo… terminando no solo arriba de ella, sino que adentro a la vez.
Ella sintió la penetración al mismo tiempo que oyó el sonido. Un pequeño golpe seco, como si una rama hubiera caído en el silencio de la sala. Tom había subido sobre ella, y sin darse cuenta, su polla le había clavado a fondo en el interior.
El aire salió de sus pulmones en un silbido sorprendido, y sintió que la tensión se disparaba por todo su cuerpo. La boca abierta, con los labios fruncidos en una mueca entre la sorpresa y el placer, se aferró al borde del sofá mientras él se hundía más en ella.
Sus piernas se tensaron involuntariamente, buscando apoyo y control sobre esa penetración inesperada. Las rodillas se doblaron para sostenerse, las piernas se abrieron un poco más, tratando de encontrar la forma correcta, una forma que le permitiera al chico moverse con más libertad dentro de ella.
Tom no entiende, pero se acerca a la eyaculación. Sara lo abraza y lo tranquiliza dejando que suceda como deba de ser.
El rostro de Tom se tornó rojo intenso, una mancha de fuego en un lienzo aún pálido y lleno de pecas. Sus ojos estaban fijos en los suyos, grandes y oscuros, llenos de una confusión mezclada con una intensidad que le hacía sentir la sangre corriendo caliente por las venas. No entendía las palabras que murmuraba Sarah, apenas alcanzaba a notar el ritmo suave y constante de su voz mientras sus manos se deslizaban por él, acariciando la piel húmeda de su espalda, bajando por su muslo hasta tocar la base de su pene con una firmeza que le hacía gemir.
Su cuerpo temblaba con una urgencia creciente. Tom sintió la presión dentro de sí misma, una tensión como un resorte estirado a punto de romperse, y se aferró con más fuerza a Sarah, clavándose en ella con un gruñido ahogado que salió de su garganta.
La respiración le venía corta a Tom , jadeando entre sus labios apretados. Intentó pronunciar algo, una palabra, cualquier cosa para explicar la tormenta que lo inundaba, pero sólo pudo articular pequeños sonidos guturales mientras se contorsionaba sobre ella, buscando un alivio que aún no encontraba. Las yemas de sus dedos se clavaron en sus caderas, tratando de aferrarse a su cuerpo como si fuera una salvación ante la ola que le amenazaba con arrastrarlo.
Sarah lo abrazó más cerca, sintiendo las convulsiones recorrerle el pecho mientras ella acariciaba su espalda con un movimiento suave y circular. No necesitaba entenderlo para sentir que estaba llegando al borde. Sabía cómo era esa sensación de estar a punto de romperse, de perder el control.
“Tranquilo,” susurró en su oído, la voz cálida como miel sobre su piel húmeda, mientras sus labios rozaban suavemente el lóbulo de su oreja. "Déjate ir, Tom. Déjate ir."
Su mano se deslizó por su muslo, hacia abajo hasta el interior de su entrepierna. Le dio un pequeño masaje con la punta de los dedos, sintiendo la tensión en él mientras sus movimientos rápidos le recorrían el área sensible.
Sus ojos se cerraron, las cejas fruncidas en una mueca de placer y dolor a medida que la onda de eyaculación le golpeó por dentro, llenando su cuerpo de un temblor convulso. Él dejó escapar un gemido ahogado en medio del sonido suave que producía la vibración de su cuerpo contra el suyo, y se aferró con más fuerza a las caderas de Sarah mientras él se contoneaba sobre ella, como si tratara de encontrar una forma de sostenerse al borde del abismo.
La joven lo sostenía firmemente, sintiendo como sus movimientos acelerados dejaban un pequeño martillo de calor dentro de ella. Cuando la última convulsión lo dejó quieto, se aferró a él con fuerza mientras él jadeaba entrecortadamente sobre su pecho. Sus labios, húmedos y calientes, aún rozaban la piel de su oreja mientras sus respiraciones se tranquilizaban poco a poco.
Sarah le dio un beso suave en el temple, sintiendo la suavidad de su cabello bajo su boca.
"Está bien," murmuró al oído, "Ya pasó."
Tom asintió con la cabeza contra el calor de su pecho, todavía tembloroso y ligeramente jadeante. La tensión se había ido, dejando un vacío cálido en su interior que solo llenaba el olor dulce y ligeramente metálico de él que inundaba sus fosas nasales.
Sarah lo miró fijamente por un momento, observando la confusión aún visible en su rostro, antes de sonreírle con una complicidad suave. "Ahora," dijo, dejando escapar un sollozo alegre, "vamos a ver qué más podemos hacer."
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